Reflexió i pràctica

Miedo a las vacunas. Aportaciones desde la psicología

Por Pablo Palmero, Psicólogo General Sanitario 

Estamos entrando en una nueva fase de la pandemia, quizás, con suerte, la última. Con la llegada de las vacunas, un nuevo horizonte está cada vez más cerca pero, paradójicamente, algunos de los obstáculos de esta fase no vienen de fuera. Según el barómetro del CIS de enero de 2021, cerca de un 20% de la población aún se niega o se muestra reticente a vacunarse. 

Nos conviene invertir tiempo y los recursos necesarios para afrontar este reto. El personal médico, científico y político debe informar de forma clara y entendible sobre las vacunas, pero no podemos perder de vista que parte de este rechazo tiene un componente más reactivo y emocional que racional y, en este sentido, los y las profesionales de la Psicología podemos aportar mucha ayuda. 

Veremos, a continuación, diversos factores psicológicos con influencia directa sobre las reticencias a las vacunas. Unos atienden a patologías concretas tipificadas, otros, a factores psicosociológicos compartidos. 

TRIPANOFOBIA, HIPOCONDRÍA Y PARANOIA: TRES PATOLOGÍAS ASOCIADAS AL MIEDO A LA VACUNACIÓN 

Tripanofobia: miedo a los objetos punzantes. Hay un 10% de la población que sufre un miedo intenso frente a la idea de la inyección, presentando síntomas como agitación mental y corporal, ansiedad anticipatoria, tensión muscular, mareos, ataques de pánico y desmayos.  

Este tipo de fobia suele tener unas bases psicológicas y emocionales arraigadas en la infancia, en ocasiones implantadas a través del llamado condicionamiento vicario, según describió el psicólogo Albert Bandura en su Teoría del Aprendizaje Social. Así, si un niño percibe que sus padres tienen un comportamiento alterado frente a la vacunación, puede asumir que es peligrosa, y acabar actuando y angustiándose de manera similar. Por otra parte, la punción corporal puede despertar reacciones asociadas a agresiones o forzamientos previos y actuar como disparador de daños y emociones largamente reprimidas. Pero independientemente del origen del pánico, tras estas reacciones siempre subyacen sentimientos de soledad y desesperación que necesitan ser acompañados con empatía y respeto. Estas son algunas pautas básicas de acompañamiento: 

  • Dar ejemplo. Si existe la posibilidad, permitir que vean antes cómo se la ponen a una persona de su confianza, para que comprueben que no hay nada que temer. 
  • Ser claros. No menospreciar su capacidad para sostener la experiencia, en especial en el caso de los niños y niñas. Informarles de su visita al médico cuando se acerque el momento para evitarles una ansiedad innecesaria. Explicar de forma sencilla para qué se ponen las vacunas, y facilitar el resto de información solo a medida que la pidan. Si lo preguntan, no decirles que el pinchazo no duele, sino que molesta por un muy breve momento y después se pasa. Ser veraces hará que puedan confiar y sentir seguridad.  
  • Acompañar empáticamente. Ayudarles a entender que el miedo y el dolor son una parte más de la vida. No censurar sus expresiones de malestar. Mantenerse en calma y suavizar la agitación mental ofreciendo un contacto corporal que les invite a escuchar su propio cuerpo: respiraciones profundas, contacto firme y cariñoso, caricias, buscar su mirada, hacerle llegar nuestra presencia con el tono de la voz… Una vez vacunado/a, mantener la serenidad y darle tiempo para que baje la tensión del miedo vivido y pueda expresar cómo se ha sentido. 

Hipocondría: constante preocupación por la propia salud. Según datos recogidos de consultas de médicos y médicas de familia españoles, la padece entre el 15 y el 20% de la población. En estos momentos, a las personas hipocondríacas les pesa tanto el miedo a infectarse de coronavirus como el temor a que la vacuna pueda tener efectos adversos irreversibles. 

Intentar convencerles de que lo que piensan es falso, aportándoles solo información, puede hacernos perder de vista su incuestionable realidad emocional. Quien está en una fase hipocondríaca vive emociones de inseguridad, soledad y desconfianza, propias de una vida personal y relacional afectada que encuentran una justificación en las fatalistas interpretaciones sobre su salud. No se trata de luchar contra sus creencias atiborrándolos con datos e informaciones, sino de escucharlos y ayudarlos a conocer y atender sus males reales. En la actual campaña de vacunación debería existir un servicio de atención psicológico específico y bien formado para acompañar estos casos. 

Paranoia: inventando la realidad. Durante la pandemia hemos podido comprobar que no son pocas las personas con esta propensión, muchas de ellas organizadas como colectivos sociales activos y reaccionario, lo que nos da medida de la importancia de entender y atender esta cuestión. Algunos ejemplos de sus ideas: el coronavirus es un organismo creado en el laboratorio por ciertas élites para dominarnos, los políticos y poderosos están diseñando vacunas con nanotecnología para tenernos más controlados, el gobierno chino lo ha creado para desestabilizarnos, Bill Gates tiene un proyecto eugenésico y ha financiado su creación, todo es fruto de la tecnología 5G… 

Las ideaciones paranoicas conspirativas suelen ir acompañadas por la pronoia (término acuñado por el psicólogo Fred H. Goldner), la creencia de que uno/a está dotado/a de una protección especial debido a determinadas fuerzas naturales o sobrenaturales, y las fantasías de salvación o grandes cambios transformadores. Su benevolente y deseable narrativa, y determinadas creencias socioculturales y religiosas, la hacen pasar más desapercibida, pero conduce igualmente a comportamientos de desprotección y descuido de las medidas de prevención básicas: “yo no enfermaré porque me protege mi ángel de la guarda”, “se están gestando cambios; dentro de poco la luz vencerá sobre la oscuridad y todo cambiará”… 

La gestión de la campaña de vacunación con las personas que sufren esta tendencia reviste muchas complicaciones dentro y fuera del entorno sanitario. Su comportamiento acostumbra a ser aguerrido, con una dialéctica agresiva, autoafirmativa y proselitista. Las personas paranoicas se sitúan en una oposición frontal y defensiva, por lo que difícilmente asumen su problemática. Es importante tener claro que la patología paranoide, también llamada trastorno delirante, atiende a una necesidad de mantener un equilibrio interno psíquico y emocional, y que si no es debidamente acompañado puede conducir a brotes psicóticos o comportamientos violentos. Tratarles de manera despectiva o menospreciando su forma de pensar es lo peor que podemos hacer. Si realmente queremos ayudar a esas personas, no basta con proporcionarles información, sino que hemos de escucharlas con perspectiva humana y comprensiva, sabiendo que su paranoia es una ventana que nos deja entrever sus miedos y heridas. Volver a menospreciarlos es remachar una vez más su idea que la vida es un lugar hostil y que no pueden fiarse de nadie. 

Tanto en los casos de tripanofobia como de hipocondría y paranoia, muchas personas pueden acabar optando por evitar la vacunación y los controles médicos, poniendo en riesgo su salud y la del resto. Dada la enorme relevancia de estas tendencias y patologías, valdrá la pena, y mucho, tener cuenta la comprensión y recursos que podemos aportar desde la Psicología, en el diseño y la gestión de la presente campaña de vacunación mundial. Si las autoridades empiezan desde ya a prever e invertir en estas cuestiones, podremos tratar con más humanidad a los afectados y minimizar la influencia de todos estos factores para el conjunto de la población. 

FACTORES PSICOSOCIALES RELACIONADOS CON EL MIEDO A LAS VACUNAS 

Existen otros factores socialmente compartidos y muy extendidos, que permiten entender también el porqué de las actuales reticencias a la vacunación. 

Incertidumbre y necesidad de control 

El recelo ante las vacunas tiene sus razones. Solo llevamos un año estudiando y conociendo el COVID-19, el desarrollo de la vacuna se ha realizado con una inusitada celeridad, aún no disponemos de datos masivos para dimensionar sus efectos primarios y secundarios, y a eso hay que sumarle el baile de informaciones y directrices recibidas, la vergonzosa politización de ciertas cuestiones, la falta de imparcialidad de algunos medios y el hecho palmario de que, gracias a esta coyuntura, determinadas empresas y grandes farmacéuticas saldrán muy beneficiadas. ¿Quién puede considerarse totalmente confiado en las autoridades ante tal panorama? ¿Quién puede asegurar con total certeza que las vacunas serán cien por cien eficaces e inocuas? 

Pero el problema real con el que nos encontramos no tiene que ver con estas dudas, sino con la radicalización en los posicionamientos, y con la búsqueda de la seguridad y el control de la situación a través de la afirmación de conjeturas de difícil demostración.

El historiador Yubal Noah Harari expone, en un reciente artículo del The New York Times, que estas teorías “son capaces de atraer a grandes grupos de seguidores en parte porque ofrecen una sola explicación sin rodeos para una infinidad de procesos complicados. Las guerras, las revoluciones, las crisis y las pandemias todo el tiempo sacuden nuestras vidas. No obstante, si creo en algún tipo de teoría de la Camarilla Mundial, disfruto la tranquilidad de sentir que entiendo todo. (…) La llave maestra de la teoría de la Camarilla Mundial abre todos los misterios del mundo y me ofrece una entrada a un círculo exclusivo: el grupo de personas que entienden. Nos hace más inteligentes y sabios que la persona promedio e incluso nos eleva por encima de la élite intelectual y la clase gobernante: los profesores, los periodistas, los políticos. Veo lo que ellos omiten… o lo que intentan ocultar.” 

El pensamiento dicotómico y reduccionista del tipo blanco o negro, buenos o malos, nos aliena de la complejidad del mundo. Cuando nos instalamos en ideologías que no pueden ser contrastadas, perdemos la posibilidad de dialogar, de aprender y evolucionar. Abonamos la pérdida del principio de realidad, malogrando nuestra capacidad de adaptación y comunicación, poniendo en peligro la convivencia y en último término, nuestra vida y las de los demás. 

Las autoridades harán bien de tener en cuenta, por tanto, que estos simplismos atienden a una extendida sensación de inseguridad y necesidad de control, sin obviar que en el caso de las vacunas, como en tantos otros, la seguridad absoluta no existe y no se pueden transmitir certezas al respecto. Lo que apremia es fomentar un ambiente de honestidad colectivo que acoja y absorba nuestra inseguridad y actual ignorancia sobre el tema, apelando a nuestra fuerza y cobijo de grupo. 

Falta de información y necesidad de saber 

En el año 2010, a raíz de las dificultades encontradas en la erradicación de ciertas enfermedades graves como la de la poliomielitis en Nigeria, se fundó el Vaccine Confidence Project. Este Proyecto de Confianza en las Vacunas, que lleva una década estudiando el porqué de las oposiciones populares a las mismas, ha comprobado un alto grado de escepticismo en la franja de los 18 a los 35 años y, en especial, en las personas con mayor nivel de confianza en sus conocimientos. Es decir, se tiende a dudar más cuanto mayores son las ganas de saber. Una actitud así es deseable, puesto que cimienta una ciudadanía con espíritu crítico y criterio propio; el problema vuelve a ser la búsqueda de certezas mediante la radicalización ideológica y el fomento guerras de poder, oponiendo unas ideas a otras. 

Ante estos hechos, vemos la necesidad de realizar encuestas dirigidas a conocer la dudas y de la gente sobre las vacunas, y disponer después de un “bufé informativo” fácilmente accesible, con diferentes niveles de profundidad, para todas las personas que quieran ahondar en el tema. 

Enemigo común y necesidad de un sentimiento de grupo 

Desde el Vaccine Confidence Project, vieron también que los antivacunas tenían un 500% más de éxito en reclutar a los indecisos que los provacunas, lo que constata que los antivacunas atienden de manera más rápida los miedos e inseguridades de las personas. Desde mi punto de vista, su propia necesidad de autoconvencimiento les lleva a ser más proselitistas, activos y vehementes. Sus argumentarios alimentan la desconfianza y el miedo latente en las personas indecisas, recogiendo quejas e injusticias sociales reales, y mezclándolos de manera indivisa en el mismo cóctel con datos de dudosa o nula legitimidad. Todo ello abreva la idea del adversario a combatir, y unirse frente a enemigo común ofrece, como es sabido, un cierto sentimiento de complicidad grupal.  

Estos datos evidencian que no basta con aportar información, sino que resulta imprescindible atender también lo que sienten las personas, sus dudas, sus quejas, sus miedos… Los retos son muchos. ¿Cómo ofrecer una escucha y una empatía reales a personas sin un verdadero interés por los demás? ¿Cómo atender sus preocupaciones? ¿Cómo informar sin manipular? ¿Cómo favorecer un sentimiento de grupo realmente sólido? 

Pérdida de confianza en el sistema y necesidad de reivindicar oposición 

Para la directora el proyecto Vaccine Confidence Project, la antropóloga Heidi Larson, el principal motivo del escepticismo hacia las vacunas es la desconexión respecto a los gobiernos y las autoridades, la pérdida de confianza en el sistema. En datos recientes vemos como, en los países donde la ciudadanía muestra un mayor grado de confianza en sus líderes, el seguimiento de las directrices también ha sido mayor. Donde se ha gobernado de forma más errática y la población está políticamente muy polarizada, el cumplimiento de las recomendaciones ha sido peor o incluso nefasto, como en el caso de Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump. 

Si no se confía en las autoridades tampoco se confía en sus medidas. Una sensación expresada por muchos es la de sentir que no les importamos, y que somos como conejitos de indias a merced de sus propios intereses políticos o económicos. Negarse a recibir “sus” vacunas es vivido, en muchos casos, como un acto de dignidad y reivindicación desde el que expresar el descrédito y la indignación hacia ellas. Las autoridades harán bien de tenerlo en cuenta y proponer interlocutores y representantes cualificados técnica y éticamente, que transmitan franqueza, credibilidad y humanidad. Una falta de transparencia y una politización de esta nueva fase de vacunación dejaría el campo abonado una vez más a falsedades, populismos, conspiranoias y confrontaciones sociales. 

CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES 

Las personas no colaborarán activa y voluntariamente si no se sienten legitimadas y tenidas en cuenta. Es por eso que los obstáculos de la presente campaña de vacunación piden, por parte de sus responsables, atención a otros muchos factores más allá de la publicación de información: 

Servicio de atención psicológica y capacitación para profesionales. Con relación a las psicopatologías asociadas al rechazo a las vacunas, se requiere un acompañamiento psicológico apropiado para quienes lo deseen. Convendría también una formación de emergencia especializada para los y las profesionales de la salud que van a encarar estas situaciones, así como asesoramiento para los/las que estén en posiciones de responsabilidad y toma de decisiones relevantes al respecto. 

Acoger la inseguridad y la incertidumbre. Las autoridades políticas y sanitarias harán bien en reconocer honesta y abiertamente que en este momento no disponen de certezas con respecto a los efectos de las vacunas, que existe un margen para la equivocación, y que la incertidumbre e inseguridad que sienten muchas personas es comprensible. 

Interesarse por las dudas e inquietudes. No se trata solo de informar sobre lo que las autoridades consideran importante, sino de responder a las dudas concretas que la gente se hace. Convendría destinar una partida presupuestaria a indagarlas mediante encuestas, y crear una plataforma de difusión interactiva con información rigurosa y contrastada, donde encontrar diferentes niveles de profundidad explicativa que atiendan las diversas necesidades de conocimiento sobre el tema. 

Favorecer el sentimiento de grupo. Los movimientos antivacunas son muy efectivos creando complicidades y confrontación social contra “el enemigo”. Para evitarlo y fomentar un clima de alianza social, hay que decidir qué queremos que nos una como sociedad, si la coincidencia o el respeto mutuo. Favorecer espacios para un diálogo desde el respeto y el interés por los demás se hace imprescindible. Podemos opinar muy distinto, pero no por ello dejamos de ser una comunidad. 

Asumir el descontento de la población. Existe una gran desconfianza y cabreo hacia el sistema. Si la Administración no lo asume, corre el riesgo de que la gente se oponga a las normas como acto de reivindicación. Conviene evitar por todos los medios la politización de la gestión de la pandemia, la precipitación en la toma de decisiones, y se debe fomentar la transparencia y la información sencilla y clara, eligiendo a personas no solo técnicamente competentes, sino también honestas y cercanas que puedan transmitir mensajes como “Sabemos que estáis cabreados y defraudados con nosotros, y a pesar de ello, os pedimos colaboración. No por nosotros, sino por el conjunto de la sociedad”. 

Como sociedad cada vez valoramos más la libertad que la obediencia, pero hay que tener en cuenta que la actual situación no puede entenderse si solo se hace desde la libertad individual y no desde el bien común. Nos vacunamos también por el bien de los eslabones más débiles de la población, y no solo para ahora, sino también para mantener un estado de salud y seguridad a lo largo de los años. El sentimiento de libertad no es profundo si no va de la mano de la responsabilidad, y en eso hay que incidir. Quien finalmente no quiera vacunarse estará en su derecho, pero también debe asumir la responsabilidad de no poder hacer ciertas cosas que puedan poner en riesgo al resto. Y eso debería ser así hasta que todas las personas que quieran protegerse mediante vacunas lo hayan hecho o hasta que los y las especialistas determinen que ha sido lograda la inmunidad de grupo. 

A pesar de la dificultad del reto, esta crisis sanitaria es una oportunidad para aumentar nuestro nivel de tolerancia, responsabilidad y respeto hacia la diferencia. En juego está nuestra salud y economía y, también, nuestro proceso evolutivo de humanización. 

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