General, Reflexió i pràctica

Desconcierto de madres y padres frente a la disforia de género

Vamos a hablar aquí de la disforia de género, y más concretamente de la disforia de género de inicio rápido, también conocida por sus siglas DGIR (que sería el equivalente de la sigla inglesa ROGD, acuñada por la doctora norteamericana Lisa Littman para referirse a la aparición súbita de un deseo de transición en un/una adolescente que nunca antes había manifestado nada parecido). Esta conflictiva, que es específica de adolescentes (y mucho más marcada en las chicas), tiene desconcertados a muchos padres y madres.

Es un hecho frecuentemente asociado con una intensísima inmersión en internet y redes sociales, y también relacionado con que este mismo fenómeno se haya producido en amigos y compañeros: de golpe y porrazo, un/una adolescente declara sentirse muy incómoda respecto a su sexo biológico y manifiesta una necesidad absoluta, urgente e inaplazable de cambiar la parte sexuada de su cuerpo por la del sexo contrario, incluyendo cambio de nombre, de pronombres, de modo de vestir, etcétera.

Como decía, este deseo viene acompañado por un estado emocional muy agudo y que no admite dilaciones, razonamientos ni reflexiones. Los adolescentes en esta situación se enfrentan fuertemente a sus padres y los presionan de muchas maneras diferentes (mutismo, rechazo, alejamiento, descalificaciones, amenazas de suicidio…). A menudo, alguna de estas tácticas «presionadoras» las han aprendido en sus sesiones con influencers y en plataformas diversas que les instruyen sobre cómo manejarse con padres reticentes o sobre cómo esquivar las intervenciones de los profesionales a los que consultan. Buscan una respuesta inmediata y, obviamente, que conteste afirmativamente a su demanda.

Ante esta demanda tan aguda y urgente es posible encontrar a docentes que sintonicen con ella y que hayan contribuido a generarla. A veces, estos docentes les facilitan el contacto con un centro especializado, sin siquiera consultarlo o comunicarlo a los padres.

Esta respuesta «afirmativa» (es decir, que no explora, cuestiona ni ayuda a pensar) se encuentra a menudo entre los profesionales de Salud Mental, especialmente en quienes trabajan en centros públicos, que se hallan entre varias espadas y varias paredes. Puede tratarse de desconocimiento del tema, de la necesidad de ser políticamente correctos y modernos, del miedo a la descalificación y a la acusación de ser transfóbicos, y también del miedo muy real a ser denunciados, llevados a los tribunales y quizá a perder su trabajo si no obedecen a sus superiores.

Por supuesto, los hay que están auténticamente convencidos de la bondad de este enfoque.

Muy a menudo, tanto los docentes como los profesionales de Salud Mental presionan a los padres para que «afirmen» la decisión de sus hijos, insinuando o explicitando directamente el riesgo de suicidio si no acceden a sus deseos. Quizá algunos hayáis escuchado aquella frase que dice: «Más vale un hijo vivo que una hija muerta».

Los padres saben también que cuelga sobre sus cabezas una espada de Damocles si no «afirman», porque pueden perder la custodia o la patria potestad sobre sus hijos.

No estamos hablando de hipótesis, sino de riesgos reales. Sin ir más lejos, en el Proyecto de Ley Trans estatal, los profesionales pueden enfrentarse a una sanción de tres años de suspensión profesional y a una multa de hasta 150.000 euros, dependiendo de la gravedad de la infracción. ¿Qué gravedad? ¿Qué infracción?

La infracción es haber practicado la «terapia de conversión». Hasta ahora, este término se refería a la utilización de terapias que tuvieran como objetivo cambiar la orientación sexual de una persona, de gay o lesbiana a heterosexual. La Ley Trans considera que cualquier terapia no afirmativa (es decir, responder afirmativamente al deseo expresado por un/a adolescente) es una terapia de conversión. Cualquier dilación en la derivación a un centro especializado, cualquier intento de explorar, reflexionar o cuestionar mínimamente ese deseo puede generar una denuncia contra el/la profesional y las correspondientes sanciones. No es un futurible: ya ha pasado.

En estos últimos años se ha producido un crecimiento exponencial de este tipo de demandas, mucho más acusado en el caso de las chicas. Es algo que está sucediendo en todos los servicios especializados y en todos los países. Por ejemplo, en el GIDS, el servicio británico especializado de la Clínica Tavistock que se ocupa de la problemática trans, las demandas de transición de las chicas (en su mayoría adolescentes) han tenido un incremento del 4.500 % en la última década.

Como decíamos, la persona que definió y conceptualizó esta figura fue la doctora Lisa Littman. Intentemos explorar las razones de este crecimiento tan importante de la demanda de transición.

Las redes sociales e internet son un factor específico de gran incidencia en este crecimiento, y consideramos necesario estudiar este tema a fondo, muy poco explorado, al menos en nuestro país.

Los adolescentes están en una posición delicada: en oposición frontal a sus padres y, quizá, a cualquier adulto que no les dé la razón; volcados en sus pares, con el mimetismo correspondiente: lo que digan ellos va a misa; agobiados y desorientados por dudas e incertidumbres sobre los cambios físicos y psíquicos por los que están pasando. Sufren, buscan apoyo en sus pares y/o equivalentes (influencers), tratando de hallar certezas desesperadamente.

¿Pero por qué tantas chicas quieren ser chicos?

Creemos que los deseos de transición son también una manera de mostrar malestar en lo relativo a los estereotipos de género que en nuestra sociedad, aunque sea menos rígida que hace unas décadas, siguen siendo muy marcados. Por ejemplo, la preocupación por su aspecto externo y el deseo de agradar han constituido, quizá desde siempre, un importante vector en el equilibrio o desequilibrio emocional de las chicas. Pero actualmente la publicidad y las imágenes (falseadas con frecuencia) que se muestran en las redes, las series y las películas son tremendamente exigentes. El autoexamen se ha vuelto torturante, y tener la apariencia adecuada resulta cada vez más difícil; estos estereotipos obligan a alcanzar un alto grado de «perfección» estética. Y otro ideal opresivo de esta época pasa por el hecho de que a las mujeres se les exige una disponibilidad permanente para el sexo, mientras que la pornografía las degrada al nivel de objeto. Según cómo, es más fácil ser hombre.

La respuesta «afirmativa» sería algo que encaja perfectamente, como anillo al dedo: una certeza, algo que en apariencia da respuesta y salida a sus dudas y confusiones. Los influencers hablan de la transición como algo mágico, que resolverá todas sus dificultades, y elogian a los adolescentes por su valentía y su coraje al transicionar, calificándolos de héroes. ¿Es posible resistirse a estos cantos de sirena?

Si más adelante cambian de opinión (como sucede en un altísimo porcentaje, siempre que no se hayan producido intervenciones hormonales o quirúrgicas), algunos de los pasos ya dados pueden ser irreversibles, como ocurre con el bloqueo hormonal o las mastectomías. Si deciden detransicionar (es decir, anular su transición), el camino puede ser muy duro.

Este tema –la detransición– necesitaría un trabajo aparte, y también sería necesario que hubiera un registro de estos casos, cosa que ahora no sucede, que sepamos.

Volvamos a los padres. ¿Cómo hacer frente a esta situación? Por ejemplo, organizándose. Ciertamente, los padres pueden organizarse con diferentes finalidades o desde puntos de partida también diferentes.

Muchos de vosotros quizá conoceréis la Asociación Chrysallis, implantada en todo el territorio español, y que se puso en marcha el año 2013. Una de sus tareas era difundir y publicitar su posición sobre el tema, así como presionar a las administraciones, a los políticos y a los servicios públicos para que atendieran lo más rápidamente posible a sus hijos o hijas en una dirección «afirmativa». Ahora este punto de vista, el «afirmativo», es el que predomina o aparece como claramente hegemónico en los servicios públicos.

Hace poco se ha creado otra asociación, AMANDA, que agrupa a madres y padres con hijos e hijas adolescentes que presentan la problemática DGIR (lo dijimos antes: «disforia de género de inicio rápido»). Sus objetivos se parecen mucho a los de Chrysallis, pero van justamente en la dirección contraria: les interesa estudiar y profundizar en esta problemática y localizar profesionales prudentes, que les escuchen, que atiendan a sus hijos o hijas sin precipitarse, contando con el tiempo necesario para que ambos sean capaces de comprender lo que está pasando antes de tomar decisiones que pueden ser perjudiciales y también irreversibles.

Porque este es otro tema importante. Existen los desisters (es decir, quienes deciden interrumpir su proceso de transición), y también aquellos a los que podríamos llamar detransicionadores (quienes, habiendo llevado a cabo su proceso de transición, deciden dar marcha atrás). En este sentido tiene mucho interés la entrevista realizada por la periodista Lucía Bonilla a una mujer que se esconde bajo el seudónimo de María Detrans, publicada en la revista digital elComun.es.

No existen datos precisos del número de detransicionadores y, si existen, no se difunden. Este hecho debería rectificarse, pues podría ser una medida de hasta qué punto las prisas pueden jugar una mala pasada.

Por otro lado, se están sucediendo (quizá en mayor medida en Gran Bretaña) los casos de personas que, habiéndose sentido mal atendidas en sus peticiones de transición, demandan judicialmente al centro que las atendió. Un caso famoso es el de Keira Bell, que demandó a la Clínica Tavistock de Londres, la cual recurrió la sentencia. Keira Bell ha recurrido a su vez, por lo que el caso no está cerrado.

La conclusión creemos que es clara: es necesario reflexionar, no precipitarse, darse tiempo.

Grupo de Trabajo Psicoanálisis y sociedad del COPC

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