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Reflexiones sobre la guerra

 Grupo de Trabajo Psicoanálisis y sociedad

La guerra, en la que no queríamos creer, estalló y trajo consigo una terrible decepción.

 Sigmund Freud, Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte (1915)

24 de febrero de 2022: otra vez tenemos aquí la guerra. Esta vez no se desencadena con el asesinato del archiduque en Sarajevo, como la guerra a la que se refería Freud, sino con la invasión del ejército ruso en Ucrania. Pero la sensación de déjà vu es impresionante. Corren ríos de tinta en todos los periódicos del mundo, vemos imágenes impactantes en todas las pantallas, manifestaciones en las calles, unas permitidas, otras reprimidas duramente, según dónde se produzcan.

Hay guerras en curso que no son objeto de tanta atención. Ya han pasado 7 años de la cruenta guerra de Siria, que todavía sigue su curso, por ejemplo. Y en estos momentos, hay 51 guerras y conflictos armados en activo en el mundo. Desde que existe el Homo sapiens, la historia de la humanidad se escribe con sangre. Pero desde 1945, cuando se lanzaron las primeras bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, las grandes potencias (y algunas no tan grandes) han ido acumulando un arsenal nuclear y unas armas tecnológicamente tan sofisticadas y con tanta potencialidad destructiva que no es de extrañar que, además de sentirnos conmovidos por el terrible sufrimiento de nuestros vecinos, estemos muy asustados ante el riesgo que correría la supervivencia humana en el planeta si se utilizaran estos arsenales.

En 1915, un año después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, desencadenada en Europa, Freud se refería a la decepción que supuso para su generación la experiencia de la guerra:

No solo es más sangrienta y más mortífera que cualquier otra ya pasada, a causa del perfeccionamiento de las armas de ataque y defensa, sino tan cruel, encarnizada y sin cuartel como cualquier otra. Infringe todas las limitaciones a las que se obligaron los pueblos en tiempo de paz –el llamado Derecho Internacional− y no respeta ni los privilegios del herido y del médico ni la diferencia entre los núcleos combatientes y los pacíficos de la población. (…) Rompe todos los lazos de solidaridad entre los pueblos combatientes y amenaza con dejar tras de sí un rencor que hará imposible durante mucho tiempo su reanudación.

Hanna Segal, psicoanalista judía de origen polaco emigrada a Londres en 1939, en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, nos comentó una vez que vino a Barcelona: “Los psicoanalistas hemos de ser neutrales en nuestro trabajo en el despacho, pero no neutralizados por las situaciones sociales”. Apelaba, así, a la responsabilidad y al compromiso público que tenemos como profesionales y ciudadanos. Y en su artículo “El verdadero crimen contra la humanidad es callar”(1987) nos recordaba el valor terapéutico de verbalizar la verdad.

No es la primera vez que nuestro Grupo de Trabajo Psicoanálisis y Sociedad se siente interpelado para reflexionar sobre la guerra. El 12 de mayo de 2017 organizamos una jornada interdisciplinar entre ciencia política y psicoanálisis en la sede del COPC con el título “Per qué la guerra?”. Es interesante rescatar algunas reflexiones de las psicoanalistas que participaron en esta jornada, Neri Daurella y Eileen Wieland, partiendo ambas de la pregunta que Einstein hizo a Freud en 1933 sobre el por qué de la guerra y del artículo de Hanna Segal sobre este tema del año 1987, tan vigentes para pensar sobre el mundo actual, en el que por primera vez está en nuestras manos la posibilidad de materializar la fantasía apocalíptica si no abandonamos la ilusión de que la supervivencia de la humanidad está garantizada, hagamos lo que hagamos.

Neri Daurella planteó cómo a los que no hemos vivido directamente la experiencia de una guerra, por mucho que la vivamos vicariamente cada día a través de los medios de comunicación, nos cuesta imaginarnos cuáles serían nuestras reacciones llegado el caso. Es una dificultad comparable a la de imaginar nuestra propia muerte. Ante la perspectiva de una guerra utilizamos mecanismos de defensa como la negación y la proyección para eludir la verdad y calmar nuestra ansiedad, pero eso implica una peligrosa desconexión de la realidad. 

La afirmación de que cuando estalla una guerra la primera víctima es la verdad, suele aludir a las exigencias de la censura militar, por razones estratégicas, o a las de la censura política, por razones propagandísticas o a la información desinformativa. Pero ¿y cuando la verdad es víctima de esa autocensura personal y grupal que denominamos mecanismos de defensa psicológicos, que ponemos en funcionamiento cuando nos enfrentamos a una ansiedad difícil de soportar (por ejemplo, la desencadenada por la expectativa de una guerra)?

La diferencia entre el primer tipo de censura (la militar y la política) y la autocensura psicológica estriba en que la primera se aplica con conciencia clara de los objetivos que se pretenden conseguir (aunque a veces las cosas no salgan como habían de salir, y el público no siempre responda como pretendían los censores), y la segunda es una respuesta defensiva predominantemente inconsciente.

Uno de los mecanismos que utilizamos con más frecuencia para eludir la verdad es negarla. Y esta negación puede adoptar formas muy variadas:

  • Creernos en un estado superior de civilización, en el que determinados comportamientos estarían superados, y considerar que las atrocidades propias de la guerra se darían solo en pueblos primitivos, incultos y bestiales, mientras que nosotros nos regiríamos, incluso en plena guerra, por la Convención de Ginebra o cualquier otra legislación paliativa. Esta creencia se ve periódicamente cuestionada por las crueldades sin freno de las guerras que se producen en países llamados civilizados (en Europa, sin ir más lejos).
  • Creernos demasiado el argumento de la disuasión, el clásico si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepárate para la guerra), y negar que la historia más bien muestra que prepararse para la guerra suele acabar en guerra, y que los preparativos bélicos, la tecnología al servicio de la creación de armas cada vez más destructivas, su fabricación y venta de acuerdo con las leyes del mercado, inducen a sus poseedores a probar los respectivos arsenales.
  • Creer en la racionalidad de los gobernantes. Este es uno de los ejemplos más flagrantes de lo que en inglés se llama wishful thinking y que nosotros llamaríamos “confundir nuestros deseos con la realidad”: “Nadie está tan loco como para no pararse antes de…”, “Si el gobernante está loco, y el país es democrático, habrá algún órgano representativo colectivo que lo pare”, “Si se trata de un dictador, surgirá un grupo de individuos razonables, próximos al gobernante, que lo derrocarán en el último momento”, etc.

Junto con la negación actúa otro mecanismo: la proyección. Eludimos los conflictos y tensiones internos propios y de la colectividad proyectándolos en el enemigo exterior. Podemos querernos entre nosotros, los de nuestro grupo, nuestra comunidad, siempre que podamos odiar a los de fuera. Existe una necesidad psicológica de tener enemigos fuera para protegernos a nosotros y a los nuestros de nuestros propios impulsos destructivos. Las alianzas cambian, los amigos de antes son los enemigos de ahora, y quién sabe lo que nos espera mañana, pero para que haya una guerra hay que satanizar al enemigo e idealizar al amigo.

Eileen Wieland desarrolló algunas reflexiones sobre las dinámicas que subyacen en las guerras: qué fantasías colectivas se actúan, qué tipo de ansiedades generan la violencia social.

Quedarnos con la evidencia de que la guerra es una gran industria de la muerte, sostenida por potentes lobbies políticos y económicos, nos distancia de analizar la guerra desde la subjetividad, desde la implicación de los hombres en esta espiral destructiva de odio, violencia, codicia y voracidad.

Churchill dijo que la guerra es una invención humana y los psicoanalistas añadimos que es la expresión primitiva de fantasías colectivas y que no surge porque sí, por casualidad. Tiene un sentido, cumple una función psicológica en los grupos humanos. Las causas que precipitan una guerra pueden ser variadas, pero los factores inconscientes son los mismos. La irracionalidad de la guerra está basada en los miedos creados y alimentados por ambas partes.

Para Freud, la inevitabilidad de la guerra era una trágica inevitabilidad, una disposición natural a la destrucción, a la violencia, cuando el ser humano siente amenazados ideales de religión, etnia y nación. Los grupos humanos necesitan cohesionarse e identificarse a través de unos mitos, unas banderas, unos valores culturales. De hecho, es un proceso indispensable que está a la base de la creación de estados nación. Si estos están en entredicho surge la necesidad de sacralizarlos y defenderlos, por lo cual los humanos están dispuestos a sacrificarse por ellos. Es una afrenta a las bases de la identidad grupal.

Los sentimientos generados por posibles pérdidas de territorio, de agresión a las señas de identidad colectiva, subrayan e intensifican la identificación con ellas, identificación que vertebra el sentimiento de continuidad ante la amenaza y esto da buenas razones para defenderse de la manera que sea.

Nuestro yo colectivo está en peligro. La guerra tiene entonces una función de restitución y purificación.

Eileen Wieland intentaba mostrar que la guerra no es solo una irrupción fatídica de la expresión tanática de la naturaleza humana, sino que además intervienen otros factores, como la identificación fanatizada con ideales, el sentimiento de pérdida y amenaza de unos valores que nos definen y que, por tanto, movilizan miedos primitivos y dan lugar a respuestas también primitivas.

Para Freud, en su carta de contestación a la pregunta de Einstein, todo aquello que permita establecer vínculos afectivos y de solidaridad entre los seres humanos y todas las acciones que estimulen la evolución cultural actúan contra la guerra. Las espirales destructivas pueden ser contrarrestadas por Eros, por nuestra capacidad de empatía, la capacidad de reconocimiento del otro en su alteridad, la responsabilidad de nuestros actos, la transformación de las emociones primitivas en una capacidad de pensar, de simbolizar de una manera no paranoide. Pero esta capacidad necesita de un trabajo incesante de ir recuperando los valores que nos distinguen como seres humanos, que es el pensamiento simbólico. El recurso a la guerra, a la acción violenta inscrita en la naturaleza humana, no significa resignarnos a un destino ineludible.

Y así como en la tarea cotidiana con los pacientes estamos constantemente buscando la integración, como miembros de un colectivo social hemos de estar continuamente atentos a no dejarnos arrastrar por las tentaciones destructivas.

Referencias bibliográficas

Daurella, N. (2017), “Irracionalidad fundamental: la guerra”, temasdepsicoanálisis.org, n.º 14, 2017.

Freud, S. (1915), “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte”, Obras completas, vol. II, Biblioteca Nueva, Madrid (1968), pp. 1095-1097.

Freud, S., Einstein, A. (2001), ¿Por qué la guerra?, Minúscula, Barcelona.

Segal, H. (1987), “Silence is the real crime”, International Journal of Psychoanalysis, núm. 14, pp. 3-12.

Wieland, E. (2017), “La inevitabilidad de la guerra”, temasdepsicoanálisis.org, nº 14, 2017.

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